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La transición a la contratación pública electrónica, o como vender coches a personas a las que no les gusta conducir.

 

Claro, hay excepciones. Pero la mayor parte de las personas e instituciones involucradas en la contratación pública no son fervientes seguidores del formato electrónico. Ni entienden sus ventajas ni quieren paliar sus inconvenientes (los tiene). Y cuando hablamos del contexto cambiante, al que los gestores de la contratación tienen que adaptarse, casi automáticamente suelen pensar en que tienen que volver a estudiar derecho administrativo, y las últimas modificaciones legislativas, pero no piensan en que tienen que adquirir autonomía y competencias en tecnologías de la información y comunicaciones, o en herramientas de gestión de administración electrónica (“aprender a conducir” y “examinarse del carné”).

En general, no somos capaces de evaluar el esfuerzo real y el tiempo total necesario para hacer la transición a la contratación pública electrónica porque no solemos tener en cuenta el factor humano. Pero el factor humano, (las personas) es el único factor que puede llevar a cabo esta transición. La transición a la contratación pública electrónica es un reto de “aprender a conducir” y de hacer un “código de circulación” adecuado al contexto. No es un problema alrededor de la tecnología, sino como aprender a usar la tecnología (y querer usarla).

En la entrada sobre el futuro de la contratación pública, publicada recientemente, subyace una opinión generalizada de que el formato electrónico es el futuro, pero para ello hay que comprar o alquilar un “coche” (sistemas de información que gestionen el servicio de contratación pública en formato electrónico), y también hay que aprender a “conducir” (adquirir autonomía y competencias por parte de los gestores del servicio de contratación pública).

Es cierto que ahora con la nueva directiva de contratación pública, nos van a obligar a implantar un sistema de contratación electrónica pero no nos pueden obligar a que aprendamos a utilizarlo adecuadamente.

Además, han salido las soluciones “fáciles” que nos dicen que no pasa nada. Que al que no le guste conducir, no tiene por qué aprender. Vamos a hacer un “coche” (con presupuesto desconocido) que nos va a llevar a todos los destinos obligatorios a los que hay que ir. Solo hay que dejarse llevar.  Complacencia y reposo en la zona de confort. Las dos virtudes que más necesita nuestra sociedad (administración, empresas y ciudadanos) en los momentos actuales.

El viaje a la contratación pública electrónica.

Este es el viaje que nos están demandando desde Europa, y desde nuestra sociedad. Va a ser un viaje obligatorio. Las instituciones nacionales, insisto, salvo honrosas excepciones, llevan muchos años mirando hacia otro lado. Pero este viaje no se hace en primera, ni es automático.  Ni vamos a ir en AVE. El dinero del AVE nos lo hemos gastado en el AVE. Para este viaje no hay dinero. Ni coches. Pero hay que hacer el viaje. Ni todo el mundo tiene unas ganas locas de estudiar y aprender para el “examen de conducir”.

Además es probable que el “índice de siniestros” en el viaje a la contratación pública electrónica sea bastante elevado. Entre otras cosas, porque ni siquiera somos conscientes de que la velocidad a la que nos vamos a mover requiere cinturón de seguridad y otras medidas imprescindibles para garantizar la llegada al destino, evitando accidentes y riesgos del nuevo entorno digital.

Pero no hay opción. Hay que concienciar a todos los agentes que intervienen en la contratación pública que tienen que “aprender a conducir”, y tienen que examinarse del “carné de conducir”.  Independientemente de que el “coche” sea propio, de alquiler, o prestado.

Y el “código de circulación”(la transposición de la directiva europea de contratación pública) tiene que estar disponible y publicado cuanto antes, pero adaptado a las características del formato electrónico. La velocidad de los cambios en las sociedades modernas es una velocidad de bits, no de átomos. Y el “código de circulación” que se apruebe tiene que ser consciente de este contexto y regular en función del lo que va a venir y no de lo que ya pasó. No del contexto que tenemos sino del que deberíamos de tener.

Buena suerte a todos. Y perseverancia.  Los próximos años van a ser muy “entretenidos”. Creo.

 

 

 

 

2 respuestas a «La transición a la contratación pública electrónica, o como vender coches a personas a las que no les gusta conducir.»

Gracias Guillermo,

Tengo la convicción de que la transición a la contratación pública electrónica es un asunto en el que nadie va a venir a ayudarnos y a darnos una solución fácil y rápida. Es un asunto nuestro, de todos y cada uno de nosotros. Cada uno en su papel. Y es necesario un esfuerzo individual e institucional. Pero las instituciones al final son personas.

Seguimos.

Un saludo, Manuel

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